Hay mirada para abismarse...
…para perderse…
...y para encontrarse
cuando gustes



Podría decirse que existen tantas miradas como seres humanos –y animales con ojos- pueblan el planeta. Y a cada una, añadido, se le podría otorgar un calificativo diferenciado. Lo que ya no es tan seguro es que hubiera tantos adjetivos en el habla para poderlas nominar todas.

La mirada más valedera es la que la lengua no tiene capacidad de hablarla. Cuando dos pares de ojos coinciden, aunque sea de manera fugaz, se produce el justo abismo del espacio intermedio, es decir, el encuentro, interesado o indiferente, entre dos seres. No se trata aquí de parodiar el amor a primera vista o algo por el estilo, sino de ahondar sobre ese fenómeno tan característicamente humano como principal sospecha de jugar a adivinar qué contiene.

Como fenómeno sin más, hablando de seis mil millones de seres humanos en el planeta (desconozco el dato de la cantidad aproximada de animales existentes), se puede decir que, suponiendo que cada uno de nosotros se encuentre con, por ejemplo, tres miradas diarias (suposición ridículamente escasa), serían, sólo entre humanos, dieciséis mil millones de miradas al día. Cifra lo suficientemente importante para, cuando sea valorada por los amantes de encuestas y datos estadísticos, prolifere como la espuma especulando sobre las probabilidades del tipo y cantidad de miradas producidas a lo largo de un día.
Por descontado, no podemos atenernos aquí el modo científico de indagación porque éste, en su afán de acotar y aislar el problema a resolver para someterlo al estudio riguroso de verificación, sufriría el varapalo de lo esquivo, fugaz y huidizo. Destrozaría la ciencia y ésta sabe bien con lo que ha y puede medirse. Con los ojos mirándose no, por descontado. Otra cosa es el complejo mecanismo fisiológico de la visión, donde la racionalidad científica ya hace tiempo que resolvió el problema.

Con el método filosófico sucede algo parejo, resuelve la estructura mental de los posibles puntos de vista, especulando sobre tipologías y modos y maneras de ver, pero se deja en el candelero, otra vez, los ojos mirándose. En este caso, para su desventura, no tiene siquiera, como la ciencia, el consuelo de haber obtenido resultados parciales.

¿Y en el arte? Con esta pregunta entramos en el problema que nos ocupa o, por decirlo de otra manera, en el medio donde, por definición, se podría aventurar una mejor resolución para buscar e indagar en torno al concepto, hecho y diversidad de dos pares de ojos fijándose entre sí. Sin embargo, por mucha naturaleza o definición en torno a lo sensible y lo inteligible arraigado en la obra de arte, pasando incluso por los estadios intermedios de las sensaciones, los sentimientos y la sensibilidad (o los conceptos e ideas artísticas), resulta que, igual o parecido a las anteriores disciplinas de conocimiento, no llega a disponer de la mirada cuando dos pares de ojos se encuentran o desencuentran (o se reencuentran, que también puede darse el caso).

Por tanto para indagar en torno al fenómeno, concepto y hecho de los ojos mirándose resulta que, por imposibilidad manifiesta de hallar un punto de partida y una metodología determinante, nos vemos abocados a pasar de largo por las disciplinas del conocimiento. Es más, nos atrevemos a afirmar, a pesar de poder errar, que es precisamente sobre dichas disciplinas donde aparecen las primeras taras de la verdadera dimensión de lo acontecido entre dos seres viéndose entre sí al coincidir desde la mirada.
Emprendamos la andadura errática y comencemos a especular sin otra pretensión de llegar más allá o posarse sobre finalidad alguna.
Me sitúo en el mismo aquí y ahora y a través del vidrio de la ventana delante mío, donde estoy escribiendo, veo balancearse violentamente un pequeño bosque de eucaliptos por la acción del viento. Forman un conjunto orgánico moviéndose al ritmo de las embestidas del fuerte aire y parecen atesorar en su seno, por el murmullo provocado, una rítmica cantada sobre la que, de repente, se proyectan desde ellos hacia las nubes, a escasos metros por encima, una bandada de gaviotas jugando con la misma rítmica de la ventisca. Pájaros y plantas me miran y formando un instante extático de visión y formalizando una experiencia efímera disuelta en cuanto las aves desaparecen del campo perceptivo. Mirada consumada, me digo, porque los ojos se han visto, aunque no sean ambos de naturaleza humana. De repente, en el instante siguiente, mi hija sube las escaleras hasta la biblioteca al habérsele acabado los folios necesarios para realizar el trabajo escolar y, por una milésima de segundo, nuestros ojos se posan unos en los otros –o los otros en los unos-.
Pienso sobre ello y resulta que puedo afirmar sin temor a equivocarme: hemos hallado un lugar en común, una fuerte correspondencia y una sabiduría recíproca, un reconocernos un poco más que la milésima de segundo anterior. Esto, a su vez, me hace reflexionar lo siguiente: si fuéramos conscientes de la cantidad de miradas cruzadas con personas conviviendo o cercanas a uno, hallaríamos muchísimo mayor acercamiento que, si fuera el caso, la totalidad de conversaciones mantenidas, por copiosas e importantes que éstas fueran. Pero no sólo se trata de saber de los otros para merecerlos o adquirir una correspondencia biunívoca, porque cuando los ojos abren cavidades, huecos presenciales, para mirar más allá de la primera capa de materia física, resulta que algo sin definir, ni nuevo ni viejo, se dispone ahí arrojado. No sabemos qué sucede ni por qué lo hace, únicamente acertamos a mirar y a ser mirados captando, asimilando y reconociendo el encuentro, desencuentro o reencuentro.
Luego la cosa se disuelve y parece terminar definitivamente, sin rastros, sin marcas o registros para formar un banco de datos y sin capacidad para retenerlo en la débil memoria de los seres vivos. Sin embargo, cuando vuelves a encontrarla otra vez (en el ejemplo de tomar un fragmento real del ahora y los ojos míos y de mi hija), caes en la cuenta de que las anteriores no fueron en vano; porque aquella milésima de segundo produjo un grado de interrelación lo suficientemente grande como para saber más y mejor uno de la otra y viceversa.
Mirarse es una capacidad sin igual, sin parangón, y el universo de los millones y millones de cruces de ojos compone, a modo de metáfora, los hilos invisibles de las más complejas y genuinas relaciones entre seres vivos, de su mayor riqueza Se puede negar, desde luego, y afirmar aquello de que por millones cruces de ojos dándose, si no tienen capacidad para verse, tampoco han de producir acontecer, sentimiento o fenómeno alguno…
Y comenzaremos la eterna discusión de la capacidad humana para el progreso, de si no somos capaces de asimilar el paso anterior no podremos abordar el siguiente, de si se necesita sedimentar los logros humanos para no sufrir la barbarie del desconocimiento o de si, en definitiva, el avance humano se produce a través del cúmulo de conocimientos, la firmeza moral y el arraigo espiritual.
Y, mientras, durante, a lo largo de, discutimos con los ojos puestos en cualquier sitio menos en encontrarlos con los otros -me da la sensación-, perdiéndonos en medio de los laberintos edificados por las espaldas vueltas a cualquier mirada, de aquellos incapaces del evento sencillo y cotidiano, escasísimo en tiempo y significado, porque para ese tipo de gente, entre otras cosas, dicha acción no tiene ni la más remota posibilidad de incidir en las grandes y transcendentes decisiones humanas, en las que ellos sólo se involucran. La trayectoria y recorrido de las cosas, las personas y los acontecimientos tienden a discurrir ignorantes por completo frente al hecho sabio y edificante de los ojos viéndose y eso, más que nos pese, se nota, ¡vaya si se nota!. No hay más que percatarse de ciertas decisiones efectuadas por órganos de poder, sean de la importancia y naturaleza que fueren ejerciendo poderío -da igual sea el presidente de la nación más emblemática o de ese tipo de padres de familia con autoridad-, para percatarse de algo continuamente repetido: lo hacen sin mirar a los ojos porque si tuvieran que resistir a otro ser humano devolviéndole la mirada, si se atrevieran, no podrían tomar decisiones tan severas ni comportarse tan tiránicamente como lo hacen.

Es curioso, en este sentido, el invento de los nuevos medios de comunicación de masas. Y afirmo la curiosidad porque formulan el espejismo, tal cual, literalmente, de ojos empantallados -(en)(pantalla)(dados)-. No hay ojos al otro lado, sólo imagen y, por tanto, el cruce de miradas se resuelve en un viaje sin retorno, sin reciprocidad. Es decir y para explicarlo mejor, sólo hay un par de ojos al habilitarse en el otro extremo una pantalla, más que nos pese, opaca. El dibujo del recorrido sería el siguiente: por el hecho de percibir unos ojos enfocados a los nuestros, éstos parten raudos al cruce pero sucede que, en vez de encontrarse con la supuesta proyección de los otros y componer el espacio de la mirada, no hallan reciprocidad y nuestra trayectoria sigue su curso hasta estamparse en la pantalla. Mero espejismo y accidente por error y ya, todas las miradas, van a parar o se depositan destripadas en el cristal, como le sucede a los insectos con la luna delantera de un vehículo circulando a gran velocidad. Ni siquiera son absorbidas, como nos quieren hacer creer. No entran, no penetran y su destino se centra en acumular el mayor número de miradas disueltas, desarticuladas y perecidas. Cuantas más mejor.
Es por lo expuesto, por lo que los órganos de poder –con estrategias de seducción y manipulación principalmente- utilizan dichos medios para hacer un mejor y más beneficioso ejercicio de su capacidad de dominación. A través de ellos dejan de practicar el acto de mirar, de encontrarse con otros ojos, y las decisiones son fáciles de tomar, de imponer. Hacen como que nos miran a cada uno, independientemente. Y es verdad, pueden llegar a recibir la trayectoria de millones de ojos circulando a su encuentro, pero en realidad se saben bien protegidos. Porque si las recibieran todas, caerían fulminados al momento, absolutamente desquiciados y apabullados.
Y asevero semejante suposición porque la mirada, la de ojos encontrándose, sólo puede realizarse en un bis a bis cada vez. En cualquier situación real, lejos del espejismo de empetarllarse, los ojos concretan mirada a mirada y no cabe posibilidad, física y real, de hacerlo con un número elevado de personas; una a cada mirada. Aquí el refrán popular de “dos son muchos y tres multitud”, se cumple y, es curioso, si uno se para a observar, no hace falta demasiada atención para percatarse que las personas son incapaces de acaparar a más de otra para fijar sus ojos. Es más (y esto ya sólo puedo afirmarlo desde la experiencia individual), cuando los ojos se fijan en otros sólo miran ojos, aunque suene a perogrullada.
De perogrullo es también afirmar otro refrán popular: “ojos que no ven, corazón que no siente” por constituirse como verdad notoriamente sabida y es necedad o simpleza decirla, tal como afirma el diccionario para definir el término perogrullada. Cuando los ojos no miran otros lo primero escindido son los sentimientos y, desde ahí, cualquier atisbo de comunicación, circulación de pensamientos, ideas y conocimientos queda relegado y sin posibilidades. Por ello es tan importante circular los ojos y mirarse; por ello se hace imprescindible ser capaces de sostener cada vez el espacio de la mirada sin amedrentarse, sin cohibirse. No sólo para ser atrapados por la luminosidad, simpatía, afinidad, comprensión, bondad, picardía, dulzura, o tantos otros calificativos posibles, sino también para propender a crear relaciones más allá o más acá, depende de la posición, de las meras y regladas concepciones formales; más allá o más acá de los hechos consumados o de las actividades concretas. Para tender, sin más al potencial posible de sentimientos, sensaciones y pensamientos, como decíamos en el título, abismales, perdidos o, con mejor suerte, encontrados.
El ejercicio de la mirada, sin querer pretender darle una categoría superior, enaltecida en valor, símbolo y signo, reside en su multitudinario suceso cotidiano, rayando lo vulgar me atrevería a decir, y en el espacio entre los ojos tantas veces repetido a lo largo del día, sea con seres cercanos o extraños. Esa es su fuerza y su vigorosidad, ahí se dispone su verdadera naturaleza y el fundamento primero de su importancia y repercusión. Es cierto, todos los ojos (salvo el caso excepcional de la ceguera) ven mal que bien, unos mejor u otros peor. Pero también es cierto que no todos los ojos tienen la capacidad, o la osadía, o la gallardía, o el coraje, o la necesidad, o la premura de mirar para, sobre todo, no ser vistos. Cuántas veces nos cruzamos paseando por las calles repletas de una ciudad con cientos de hombres y mujeres y, nada más intuir que quieres mirarles, ver sus ojos en los tuyos, realizan un mal disimulado acto de despiste. Cuántas veces, en la misma situación por no cambiar de ejemplo, encuentras cómo huyen para desviarse a atender un objeto, cosa o persona indefinida. Pero algunas, también es cierto, se abisman o se pierden entre sí o, por mor de las casualidades de la vida, se encuentran definitivamente y comparten auténticos encuentros fugaces de saberse mutuamente. Entonces, cuando sucede, merecen la pena los intentos baldíos y tantos reveses sufridos, porque ahí, en ese espacio medio, comprendemos cuán significado guarda en su seno el ejercicio de tantas miradas circulando y, de alguna forma, acabamos arrojándonos a la aventura no ya de mirar, sino de algo mucho más importante, de dejarnos ver, de exponernos a los otros sin ningún temor.
Ofrecer nuestros ojos a otros ojos, dejarse ver, exponerse a ser mirado, si recapacitamos en nuestro fuero interno, en los grados íntimos de apreciación personal, puede ser cotidiano y calificado de vulgaridad, pero no es un ejercicio sencillo. Y no lo es porque hemos aprendido no sólo a guardar, a sufrir el grado de individualismo tan arraigado en nuestra cultura y estructura social, sino también porque hemos cosechado un miedo innato, catastrofista, de ser mancillados y vilipendiados por cualquier otro, sea éste de carácter débil o de fuerte complexión.

No imagino los primeros escarceos de humanidad para salir de la irracionalidad, a nuestros primeros antepasados, a nuestros Adán y Eva, sin avanzar en su naturaleza a falta de la sabia correspondencia del espacio entre los ojos. Sin él no se hubieran edificado las confidencias, los intercambios y, también, por qué no, los cruces sexuales. De acuerdo que, por las circunstancias apegadas en su forma y modo de vida, tenían un potencial sensible, comparado con el actual, mucho más desarrollado y, desde las varas de medir para recibir los estímulos externos, hemos de reconocer la curva evolutiva como una pérdida. Pero indudablemente los rasgos fundamentales, los que constituyen la característica principal de la especie, su unidad original, siguen latentes en la información genética y están ahí con nosotros, sin menoscabo. Hoy, como en el Paleolítico, por referirnos a una época prehistórica, estoy convencido, los ojos se miraban y se sabían recíprocamente de un modo parejo. En eso poco hemos cambiado porque lo transmitido entre dos seres humanos directamente desde la mirada expone algo sin grado, sin carreras de progreso y sin intervención de los logros científicos y tecnológicos tan influyentes y determinantes desde hace aproximadamente un par de siglos a esta parte. Lo que sí puede haber sucedido, como apuntaba más arriba, es que se hayan escondido, guardado o cohibido; o, simplemente, se hayan desviado los puntos focales y ya pocas veces (rara avis) coincidan dos puntos de vista en un espacio común de la mirada. La tendencia es descendente, con peligro de extinción, para ser sustituidos por los, cada vez de mayor proliferación, mirones. Ni siquiera voyeurs, último foco de resistencia para salvar los ojos de la quema, sino simples globos oculares vaciados donde ni siquiera el placer de mirar por mirar tiene relevancia.
El mirón común, especie masiva actualmente donde las haya, contiene en su seno la más insulsa inanidad y no comparte, ni por asomo, el flujo o devenir característico de los ojos que miran o se miran en otro o con los demás. Tampoco a sí mismos, lo que pudiera ser un consuelo. Si tuviéramos que describirlo, diríamos que se trata de un ser de ojos saltones, exageradamente redondos y pupilas pequeñas impulsadas continuamente por crónicos tics nerviosos. El blanco de la córnea sería pardo, no brillaría jamás, ni con la mayor y más brillante de las lunas y, añadido, estaría atravesada por finas e infinitas venas repletas de trombos debido al padecimiento de insomnio. Se trataría de seres con escasísimo parpadeo y, en tanto, propensos a los ojos secos. Pero no sólo por escasez de líquido lagrimal sino de sequedad para cuanto ha de activar el campo de visión. Y cara adentro, como la estructura de los icebergs flotando y desplazándose sobre las aguas oceánicas, es donde se conforma el mayor volumen, escondido como si de una maloliente y putrefacta fosa aséptica se tratara.

Otra de las características del mirón es la bulimia. Posee ansiedad de tragárselo todo sin descanso a través de los ojos para, luego, como en la enfermedad, vomitarlo rodilla en tierra, inclinado sobre la taza del water.
Pero la mayor cualidad del mirón, la más sobresaliente, es la de negarse en rotundo, ley en mano, a volver a mirar lo mirado. Tiene ojos obsesivos y ansiosos y su mayor reto se cifra en el aumento exponencial de la velocidad de recepción de imágenes, impidiendo así cualquier remota posibilidad de un cruce o una casualidad en el espacio de la mirada. Esa y no otra, la vertiginosidad sin límite, es la mejor excusa para esconderse, para obturar y lapidar dos pares de ojos mirándose. Porque para esto último se necesita el retardo (parejo a aquel que nombraba Duchamp para su vidrio), donde aparezca el tempus necesario del flujo y reflujo de las miradas.
Retardar(se) en el sentido de dilatar(se), de detener(se) un tanto mientras se mira o se es mirado, supone realizar un esfuerzo en dirección a permanecer colgado (también como el colgado hembra del Gran Vidrio), esperando el acontecimiento de la acción emprendida entre los ojos cuando son capaces de intercambiar sensaciones, sentimientos y sabiduría.
El mirón característico de la contemporaneidad tecnológica, espoleado por los sofisticados aparatos de visión, ya ha dejado de mirar(se), mirar(te) y mirar(lo). Ni es reflexivo, ni te intercambia, ni lo proyecta. Queda satisfecho empantallándose a la velocidad de la luz mientras vomita el empacho de imágenes ausentes de miradas recíprocas.
Es por ello, cada vez, una tarea más complicada hallar ojos para mirar, ojos abismales, de perdición o de sorprendente encuentro. Así, los que desean mirar sin caer en simples mirones, los que se empeñan en capturar y ser capturados en el espacio de la mirada, han aprendido –lo siguen haciendo- el ejercicio del retardo y, con ello, a sostener los ojos de todos los otros, sean de la naturaleza que sean.




Y retardado,
ahí arrojados
se encuentran los ojos, para cuando gustes

Texto publicado en el cátalogo de la exposición Sentidos del mirar, realizada en la Galería Bacelos de Vigo entre los días 12 de enero y 2 de febrero del año 2001.

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