CHARLA DE MEDIODIA


Las sombras desaparecieron al tocar el sol su cenit. Se trataba del momento de las sombras más cortas y resultó, cronológicamente, que era mediodía… de cualquier día, de todos y cada uno de ellos.
-Hace calor – le dijo Aurelio a su compañera-.
-Porque el sol está arriba y no hay sombras donde cobijarse –le respondió concisa Aurora-.
-Pero no hemos de preocuparnos por eso, durará un instante, y luego el tiempo proseguirá. Sólo –siguió diciendo concienzudamente- un punto exacto diario el sol esconde sombras. ¡Y menos mal! Luego todo seguirá su curso.
-Sí, desde luego –objetó risueña Aurora para después repetir como un eco- seguirá su curso… Pero, ¿no lo sientes?, sucede algo extraño, inaudito: justo aquí, ahora, tienen su encuentro la fuerza emergida en el alba y la que se precipitará al crepúsculo. Y también, por un hecho inefable, se quedan sin presencia.
-No es exactamente como dices –afirmó Aurelio seguro de sí mismo-.
-¿Cómo?…
-No, las sombras en verdad no desaparecen, quedan resguardadas verticalmente. Van a parar justo en la base de cada volumen. La montaña guarda la proyección en su seno o, para ser más claro y comprenderlo mejor: la sombra arrojada por nuestros cuerpos se guarda justo debajo de los pies.
-Pero eso ya no es sombra…
-No es cierto –replicó Aurelio, comenzando a malhumorarse por la continua incomprensión de Aurora-. ¡Mira, en este instante estamos en pleno mediodía. Levanta tu pie e inclina tus ojos lo suficiente para poder ver debajo! ¡Hazlo! ¿Qué ves?
-Pues qué voy a ver, por Dios. La sombra del pie -respondió socarrona.
-¡Entonces no me digas que no permanecía ahí guardada, maldita sea! ¡No afirmes tan superficialmente que no hay sombra al mediodía!
-Aparentemente…
-¡Ahí está! Me fascina lo inteligente que puedes llegar a ser. ¡Sólo aparentemente! Pero en realidad, amiga mía, toda apariencia contiene en su naturaleza algo de falso porque responde exclusivamente al estímulo de nuestros sentidos y éstos, está bien demostrado, son incapaces de recoger la verdadera dimensión de lo mostrado a través de ellos.
-Ya sé Aurelio, no te pongas tan transcendente. Sé de sobra que el ejercicio del conocimiento tiene sus bases objetivas y estructurales. Pero, si te he entendido bien, no me querrás hacer creer la ineficacia de los sentidos.
-Mitad sí y mitad no –replicó enigmático Aurelio-.
-¡Oye, bonito, no hay mitades en este tema!
-Ahora veo –comenzó a decir en tono vanidoso- que había sobrevalorado tu inteligencia y tiene menos capacidad de lo que en un principio pensaba. Si permaneces atenta, voy a intentártelo explicar de forma sencilla…
-¿Oye? –le interrumpió Aurora de improvisto- ¿No te has percatado de que el sol no se mueve de su cenit? Parece como si el tiempo se hubiera detenido. ¡Que divertido, verdad! ¿Te imaginas un mundo para siempre jamás sin sombras?
-Haría mucho calor –contestó malhumorado Aurelio al ser frustrado con semejante majadería de su pretendida explicación-.
-¡Claro! –replicó inocentemente Aurora- ¡Y con tanto calor tendríamos que desnudarnos todos!
-¡Cómo puedes pensar eso. Qué cosa más burda y de poco gusto! ¡Andar desnudos como los prehistóricos, sería como retroceder a las antípodas de nuestra condición! Deja de imaginar semejantes barbaridades y déjame explicarte,…
-¡Mira allí, a toda esa gente! –le volvió a interrumpir con brusquedad Aurora-. ¡Van desnudos y parecen no ruborizarse!
-No merecen la pena –contestó después de dejar resbalar un segundo su vista sobre el grupo de gente desnuda-. ¡Son unos exhibicionistas! –sentenció rabioso-.
-Pues a mí me parece, por la actitud que toman, de lo más natural.
-¡Naturalidad, naturalidad! ¡Mierda de Naturalidad! Después de milenios de civilización, de pensamiento, educación y progreso, cómo coño va a ser natural desnudarse de esa forma en medio de la calle. ¡Nos debemos a los valores morales alcanzados!
-Será moralidad o todo lo que tú quieras, pero aquí y ahora, en este instante, bajo este sol abrasador de mediodía, ¿no crees que somos nosotros los que estamos dando la nota? ¿Oye, y si nos desnudamos como ellos, qué te parece?
-¡No! –replicó Aurelio rotundo y rojo de ira- ¡Este instante es puro engaño, no existe, es mero espejismo producto de la alta temperatura perturbando los sentidos! ¡El mundo no se puede volver del revés simplemente porque el sol alcance su cenit! ¡Eso sucede todos los días, ha pasado desde que el sol alumbra la tierra y siempre, por siempre, sucedió el tiempo y pasó el instante!
-¿Cómo puedes negar algo tan evidente ahí delante? Perdona chico, pero no te entiendo. Una cosa es que los sentidos no estén capacitados para proporcionarnos toda la información de lo real, pero otra es que lo dispue
sto con tanta evidencia, ahí delante, digas que no es más que mera apariencia. ¡Abre los ojos, hijo, y mira!
-¿Y qué es lo que tengo que ver? ¿Dime? ¡Cuerpos desnudos al mediodía! ¿Eso, sólo eso? Como si estar desnudo justo en medio de los acontecimientos fuera algo a reseñar. Quien así se presenta en ese instante del tiempo es porque no ha aprendido nada, es porque ha vivido continuamente en pleno espejismo. Dice el refrán ¡nada y guarda la ropa!. Eso les ha pasado a ellos, se han tirado al agua y no supieron dejar a resguardo las vestimentas y ahora se ven sin ella y su pretendida naturalidad, sólo simulación, no otra cosa que salir del embrollo de la mejor manera posible. ¡No los ves, no ves ese gesto de felicidad fingido!
-Pues a mi no me lo parece. Más bien creo que son sinceros y además, ¡son todos ellos y ellas tan bellos!
-¡Belleza, belleza, belleza…! ¡Entérate, la belleza no es un don externo, es de naturaleza interna! –exclamó ya ciertamente fuera de sí-.
-¿Igual que se esconden las sombras debajo en el cenit del mediodía, como me decías antes? – preguntó ingenua-.
La miró con tiranía, como fulminándola con los ojos, y le dijo:
-Desde luego este sol en plena cabeza te está afectando seriamente. Porque si no es así, desde luego, tus juicios y tus criterios están realmente dando un patinazo imperdonable. Como puedes equiparar el hecho físico del tiempo y el tempus ideal de la belleza.
- Sí, ya me sé ese cuento... ¿Pero no me negarás en esos cuerpos expuestos al mediodía una belleza extraordinaria? ¡Y mira que sexos tan perfectos! Dan ganas de acariciarlos…
-¡Sexos, sexos, sexos…! ¡Pornografía es lo que es!
-No es cierto –respondió, esta vez sí, tajante Aurora-. Más bien me sugieren un alto grado de sensibilidad, un potencial inconmensurable de los sentidos por la perfección de los sexos.
-¡Cómo puedes sentenciar semejante barbaridad! –contestó fuera de sí-. ¡Ningún aparato genital, sea masculino o femenino, despierta sensibilidad por la perfección formal! Y además, para tu conocimiento, no existe órgano sexual perfecto por una sencilla razón: todo lo corporal, y el sexo es el mayor signo de lo corporal, posee el defecto de lo perecedero. Sólo lo espiritual, el espíritu universal, puede alcanzar la salvación, la eternidad…
-Me gustaría agarrar uno de esos sexos masculinos –dijo Aurora de repente totalmente ajena a las palabras de Aurelio-. ¡Sí, creo que me voy a desnudar e intentar pertenecer a este instante! ¿Y a ti –propuso volviendo su atención hacia él- no te gustaría atrapar en tu mano algo tan perfecto? Sería maravilloso, ¿verdad? Aunque el abismo de los femeninos también se hace tan atrayente…
-En verdad puedo asegurar que estás volviéndote loca. ¡Aleja de ti semejantes tentaciones! ¡Ves, te das cuenta! De lo que afirmabas en un inicio como natural ya ha pasado a ser deseo sexual y, luego, irremediablemente, llegarás a la obscenidad.
-Te estás confundiendo y ves fantasmas donde no los hay –le dijo mientras comenzaba a desvestirse ante la incredulidad de Aurelio-. Ahora quien no ve más allá de las apariencias eres tú. No es sexo lo deseado, ni mucho menos. Es disfrutar sensiblemente de esa formal perfección de los sexos con mis sentidos. Algo que, aunque a ti no te lo parece, es muy natural. Por eso ellos lo son, porque están bañados de ese cenit de mediodía donde la apariencia ya no es tal sino aparición a plena luz del día tal cual se forman… y luego esa belleza embriagándome.
-Pero, ¿no sabes que cualquier belleza formal, aunque sea perfecta como la de esos sexos, es la de más bajo rango? Existe una belleza más alta, más sublime, y es ideal…
-Venga, olvídate de mí…

Y una vez despojada de toda la ropa, Aurora se entremezcló con los desnudos del mediodía, entregándose con naturalidad y asistiendo confortablemente, como por arte de magia, a la transmutación de su cuerpo sin sombra hacia, también, la perfección formal de su sexo.
Y mientras, el cuerpo de Aurelio, todavía confuso al ser abandonado por su compañera, comenzó a proyectarse en sombra por el tiempo ya consumado del instante del mediodía.

Y Aurora pudo cumplir su voluntad de atrapar en su mano un sexo perfecto. Pleno mediodía

Y Aurelio, en su trece, empecinado, siguió pensando con rabia: ¡Pornografía!. Final del mediodía










CHARLA DE MEDIANOCHE




En la densa oscuridad cercana a medianoche, sólo alumbrada por la línea arqueada de luz lunar en la última noche de su ciclo, otro Aur(elio) y otra Aur(ora), coincidieron en pleno campo tras un largo paseo. De repente, Aurora dijo:
-Tengo miedo…
-¿De qué?…
-De la oscuridad por todas partes.
-Cierra los ojos y piensa que es de día, así no tendrás ningún temor.
-Ya lo he hecho y no surte efecto.
-Qué sientes…
-Nada.
-Si no sientes nada… entonces por qué afirmas tener miedo.
-¿Tú no lo tienes?…
-Yo, querida mía, jamás supe de esa sensación cuando la noche alcanza su culmen. Nací en la noche, en plena medianoche. Me crié en la ausencia de luz y crecí entre la negrura de cuatro muros.
-Quién te hizo sufrir tanto
-¿Sufrir? Si cuando es la noche y no alumbra el reflejo lunar, cuando me envuelve la tiniebla más espesa, es mi mayor alegría.
-Pero… ¿no será que tienes la capacidad de ver en la oscuridad como ciertos animales?
-¡No, soy humano como tú!
-Y…
-Aprendí a moverme sin ojos.
-Sólo un ciego puede llegar a moverse sin ellos y tú, que yo sepa, no lo estás.
-Pero tampoco veo en la oscuridad, tal como te pasa a ti…
-Eso es lo que me horroriza, que sin poder llegar a ver puedas sentirte, como dices, alegre y feliz.
-Es un hábito, como ya te dije. Soy hijo de la noche y el día, con su luz, me deslumbra, me hace parecer pequeño y diezma mis sensaciones. He decidido no dormir y abarcar esta inmensa soledad porque aquí encuentro los designios de mi destino.
-Que extraño…
-No soy un monstruo ni nada por el estilo, sólo soy un ser habitando el lado oscuro del planeta.
-¿El lado oscuro del planeta?…
-Sí, ese donde reposan los sueños. Pero con una diferencia, mientras los otros han de dormir para ejercitar su universo onírico yo, en cambio, me basto con dejar los ojos en blanco sin cerrarlos nunca. Así, en esa actitud, puedo dejar de lado el ser habituado a vivir en la tediosa rítmica de las actividades programadas. El día, querida Aurora, sólo trae complejas estructuras estables dirigidas a sobrevivir en medio de la luz, del alumbramiento.
-Entonces eres un auténtico noctámbulo.
-Llámalo como quieras o desees. Yo no me considero tal porque hacerlo marcaría inferioridad, degradación. Y sois vosotros, los habitantes diurnos, los auténticos causantes de los desastres nocturnos, de las fracturas de conciencia más arraigadas a la naturaleza humana. Cada día, cada trayecto de luz solar, destrozáis un poquito más la sustancia que aún nos resta.
-Por qué dices semejante cosa…
-Por una razón muy sencilla. Basta esperar la huida de la noche para comenzar a recibir el estrépito insoportable del movimiento humano hacia ninguna parte. No tiene sentido, no lo tiene, piénsalo bien, comenzar con cada luz una circulación al infinito para arrastrarse de nuevo a la noche. Y al llegar ésta, con su majestuoso manto de cobijo y silencio, de soledad y negrura, se le da la espalda debido al estúpido trajín sin sentido, juicio y finalidad llevado a cabo con la luz, como iluminados
-No te entiendo. Es lógica esa dinámica vital. La noche es para dormir y el día para vivir.
-¿El día para vivir? Me río yo de semejante regla. ¿Puedes decirme cuántos de los vivos diurnos tienen derecho, cuando cae la luz, a poder decir existo? Alguno habrá, seguro, pero los menos.
-Todo ser vivo, por el hecho de serlo, tiene derecho a existir.
-Y a morir también.
-Lo uno lleva implícito lo otro.
-Sí, pero una cosa es atravesar el arco tenso de la existencia hacia la muerte y otra muy distinta es enfangarse en la ciénaga provocada por las putrefactas capas de mierda acumuladas hasta acabar tragados, enterrados vivos, por ellas.
-¿Y qué es, según tú, el arco tenso?
-La última noche de un ciclo lunar, por ejemplo. Ese hilo de luz brillante anunciando la penumbra total al día siguiente… como ese ahora ahí arriba.
-Es precioso –comentó Aurora alzando los ojos-.
-No sólo belleza, también sugestión. Provoca el sentimiento del último halo de vida, la última luz, para penetrar la oscuridad eterna… Para el placer vital sin ataduras… -dijo mientras se desabrochaba la botonera de su pantalón y dejaba escapar su pene por entre la ranura abierta-.
-¿Qué haces? –gritó espantada y desconcertada Aurora-.
-Ofrecerle a una curvatura celestial otra terrenal.
-Bendito sea el Señor, Aurelio, estás loco. Loco de remate.
-Es como si dos curvaturas de diferente naturaleza unieran sus semicírculos para formar la circunferencia entera. Es un rito que repito cada ciclo lunar para atravesar la nocturnidad mas espesa, para ver en la noche con ojos descargados de pupilas, desde la blancura brillante inmaculada.
-Me das miedo…
-Agarra mi pene y comprenderás de qué te hablo. Él te transmitirá la sensación y sabrás, aprenderás a esperar la oscuridad plena sin temor.
-No sé si podré…
-Si lo haces, estoy convencido, te desaparecerán todos los miedos y, a la vez, sentirás como se tensa tu arco elevándote del fango.
-¿Mi arco?…
-Sí, el que llevas debajo. Cada persona lleva su arco para tensar, sea cóncavo o convexo es lo mismo, pero se necesita la unión para formar la circunferencia. Yo, como te he dicho, la encuentro cada última noche del ciclo lunar y me uno a ese hilo de luz para engendrar, para abordar la primera oscuridad o el primer abismo de la vida.
-Compleja y complicada teoría -respondió Aurora desorientada-.
-No, estás equivocada. Es sencilla y simple, la unión de dos curvas iguales, semicircunferencias del mismo radio, para componer un círculo cerrado. Sólo que eso sí, arqueadas desde la planitud del fango.
-¡Ahora es el momento! –continuó tras una breve pausa-. Es justo medianoche. Agarra mi arco y comprenderás.


Aurora, instintivamente, asió su arco, como él decía, al tiempo que juntaba los párpados y sintió, es verdad, una sensación de elevación repentina.
Luego, inconscientemente, volvió a abrir sus ojos y al contemplar la línea lunar se sorprendió de verla rodeada entera por un hilo de luz semejante a un pleno eclipse de sol.







Texto publicado en el cátalogo de la exposición Sentidos del mirar, realizada en la Galería Bacelos de Vigo entre los días 12 de enero y 2 de febrero del año 2001.

SITIOweb
Charlas de mediodía y de medianoche
jesús hernández
SITIOweb