Cuando nos abismamos nos entregamos plenamente al deseo de formar parte de algo; nos dejamos arrastrar por la contemplación, por el sentir, por el pensar; desligándonos y abstrayéndonos de nuestra realidad física para bajar a los infiernos o elevarnos a los cielos.
Desde su definición más simple, el abismo es aquella profundidad inmensa y peligrosa que inconscientemente apuntamos a señalar en las entrañas de la tierra, o en la infinitud de la bóveda celeste; como si todo aquello que nos resultase desconocido y misterioso, pudiese adquirir el calificativo de abismal. La inmensidad es su principal característica, y es por esto, por inmenso e infinito, que todo lo que allí tiene cabida se hace inconmensurable.
Muchos autores lo han equiparado al territorio del inconsciente humano, ese territorio que justamente abre sus puertas cuando cerramos los ojos y la mirada se proyecta hacia adentro. Nos abismamos entregándonos al sueño, adentrándonos suavemente en la vorágine de los deseos, o reviviendo miedos infantiles que creíamos desterrados para siempre de los bajos de nuestras camas.
Cuando hablamos de él, lo hacemos en términos de bajada o descenso; por lo tanto deberemos suponer que el itinerario físico o imaginario hasta allí, se dibujaría siguiendo una línea vertical. Embarquémonos por tanto en un viaje vertical; sigamos las huellas de quienes nos han precedido en el descenso y busquemos las llaves que abren las puertas de la noche.
Deberemos, en primer lugar, partir de la siguiente premisa: La mirada del que se adentra en el abismo es la mirada del que busca. El viajero que se embarca en este periplo, lo hace motivado por una necesidad lo suficientemente fuerte, como para desestimar los riesgos que puede entrañar la bajada. El viajero se mantiene alerta, expectante, con aguzada curiosidad ante lo que va a encontrar. Sin embargo, deberemos contar con la imposibilidad de una mirada razonada, ya que quien se embarque en este viaje no lo hará como el turista que vuelve cargado con toda clase de souvenirs y anécdotas para contar a los allegados. El viaje requiere pérdida, abandono a los sentidos; la experiencia se antepone a la razón.
Iluminados por la luz existencial, encontraremos al final del trayecto laberíntico, la imagen de nuestro yo desnudo, sin artificios; la verdad descarnada, el vacío, la nada; la visión de lo informe que se resiste a tomar forma saliendo a la superficie, mostrándose a la razón.
Leemos en palabras de Víctor Hugo: el profundo espejo oscuro está dentro del hombre. Allí está el claroscuro terrible…asomándonos a ese pozo, percibimos, a una distancia de abismo, en un círculo estrecho, el mundo inmenso…
Chevalier, Jean & Gheerbrant, Alain, Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 1991
Desde esta perspectiva antropocéntrica lo abismal formaría parte del individuo, el universo de la subjetividad humana sería el auténtico infinito, el auténtico abismo. El espejo oscuro reflejaría la razón de la existencia, la verdad que colmaría la sed de conocimiento y comprensión individual y por tanto también la solución a lo enigmático del mundo.
Encontramos hasta ahora, un modo de entender el abismo, en el que los ojos desorbitados buscan luz en la oscuridad de nuestras vísceras. Definimos por tanto una mirada estratificada que desea hallar en un punto profundo el universo entero.
Podemos ejemplificar literariamente a través de un relato de Borges esta visión caleidoscópica en la que lo múltiple se hace presente unitariamente, aunque en este caso el descubrimiento del infinito se revele a la conciencia en el espacio de un sótano.
Borges "construye" un Aleph; un punto desde donde se percibe el mundo entero; y lo sitúa en el sótano del comedor de Carlos Argentino Daneri. El Aleph no tiene tiempo ni espacio, ya que en él confluyen todos los tiempos y espacios a la vez. El relato nos cuenta cómo el personaje de Daneri, angustiado, revela a Borges la existencia del Aleph, ante el inminente derribo de su casa:

Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos.
-Está en el sótano del comedor- explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¿El Aleph?- repetí.- Si, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví

Borges, Jorge Luis, El Aleph, Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores, Barcelona, 1999

Borges incrédulo, tiñe de locura las palabras de Daneri, pero más tarde se convence de la existencia del Aleph, experimentando en carnes propias esa vertiginosa visión:

Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré,(...) vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Desde el cuento, Borges utiliza la enumeración como recurso para expresar la multiplicidad y rapidez a la que se suceden las imágenes. Estas se superponen como los fotogramas de una película, y al igual que destellos luminosos sobre el cristal de un prisma, relegan la oscuridad del sótano de Daneri a un segundo plano.
Resulta significativo el hecho de que el Aleph se esconda en el lugar profundo de la casa. El espacio donde se desarrolla la escena principal no está escogido gratuitamente. Por poco que hallamos disfrutado de lecturas como las de Bachelard, encontraremos sedimentadas ideas entorno a los valores psicológicos y poéticos que encierran determinados espacios.
En la Poética del Espacio, este soñador de ambientes, plantea que la casa es imaginada como un ser vertical y esta verticalidad se define a través de la polaridad que se crea entre el sótano y la buhardilla.

El sótano es el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos. Soñando con él, nos acercamos a la irracionalidad de lo profundo. Nos haremos sensibles a esta doble polaridad vertical de la casa, si nos hacemos sensibles a la función de habitar, hasta el punto de convertirla en réplica imaginaria de la función de construir. Los pisos altos, el desván, son “edificados” por el soñador, él los reedifica bien edificados. Con los sueños en la clara altura estamos, repitámoslo, en la zona racional de los proyectos intelectualizados. Pero en cuanto al sótano, el habitante apasionado lo cava, lo cava más, hace activa su profundidad. El hecho no basta, el ensueño trabaja. Del lado de la tierra cavada, los sueños no tienen límite.
Bachelard, Gaston, La poética del espacio, Fondo de Cultutra Económica, Madrid, 1988

El descenso, 1999


Habitar debe ser equiparable a construir y construir a crear. Por lo tanto si el sótano posee una poética específica en su habitar, el individuo que lo habita deberá al mismo tiempo mostrar una actitud característica al hacerlo. ¿Qué buscamos cuando cavamos?, ¿qué tesoros pretendemos alcanzar descubriendo la tierra húmeda?, ¿qué metáfora encierra el agujero que convertimos en morada y que se hace cada vez más grande ante nuestro paso?.
Volvamos una vez más al universo borgiano, y detengámonos en el relato; ya que su historia puede esbozar nuestra siguiente parada. Carlos Daneri necesitaba angustiosamente el Aleph para finalizar un poema que dilataba hasta el infinito las posibilidades de la cacofonía y el caos. Al margen de la mediocridad o brillantez de su creación, Daneri encontraba en el Aleph la inspiración. Sus bajadas al sótano eran caídas en el espacio de los proyectos pasionales. Desde su mirador particular, el poeta contemplaba las imágenes intemporales del mundo, de la vida; y ese movimiento de luz cegadora activaba el mecanismo creativo del artista.
La realidad en la que nace y se sostiene el mito artístico es en el territorio de lo informe; y por lo tanto no nos sorprende que Orfeo, aquel que logró sobrepasar los límites del Averno, se haya ganado el sobrenombre de primer artista, ya que el arrojo de su viaje, lo han convertido en el viajero vertical por excelencia.
Tal y como nos cuenta Ovidio, Orfeo baja hasta el Estigio a través de la puerta del Tenaro para rescatar a Eurídice, muerta por el veneno de una víbora. El amor hacia Eurídice, la angustia por no tenerla, es la fuerza que impulsa a Orfeo a buscarla en el abismo de las tinieblas. Su mirada, aunque estaba teñida por el deseo y la necesidad de la búsqueda, no pretendía violar las reglas del reino de Perséfone. Transformado en canto, el poeta del Ródope llega a conmover a la diosa, y esta consiente la entrada. Sin embargo la salida no fue recompensada. Orfeo fue traicionado por la curiosidad de la duda, él temeroso de que ella no estuviera, ansioso por verla, volvió hacia atrás la mirada, lleno de amor. Inmediatamente ella vuelve a caer, y tendiendo los brazos lucha por aferrarse y ser aferrada, pero la infeliz no agarra sino el aire huidizo 5 . Al igual que la mujer de Lot traiciona el acuerdo de no volver su ojos al horror, y es convertida en sal, Orfeo rompe el pacto con Perséfone y regresa a la superficie con un puñado de viento en la mano.

La tarea del artista es como la de un equilibrista, cuyos instrumentos de trabajo son el alambre de la consciencia y el abismo sobre el que se sostiene. La inspiración, momento diáfano que todo artista desea saborear, implica contradictoriamente sumergirse en el pozo de lo irracional. A lo largo de la historia se ha buscado la inspiración a través de experiencias a las que podríamos calificar como abismales. Pensemos en las reflexiones surrealistas, próximas a considerar el pensamiento creativo como algo cercano a la muerte; en la importancia otorgada al mundo onírico; en la alteración de la consciencia por medio de sustancias psicotrópicas; o en aquellos paisajes románticos engrandecidos, abismos transfigurados, contemplados por los ojos de un hombre abierto a la energía desatada de los fenómenos naturales.
El artista es un ser abismado, que cuestiona lo que lo rodea, y da forma a sus preguntas por medio de la obra. La separación entre la consciencia y su exterioridad derivan en estados anímicos como la desesperación, la melancolía, el sufrimiento y la angustia, sentimiento este que nos despierta del adormecimiento de la rutina, devolviéndonos la imagen de un ser errante, extraviado, incompleto. La experiencia artística se convierte en catarsis en la que el autor rompe las barreras de lo establecido. Sin embargo esto propició la aparición de un artista trágico, de un romanticismo caduco que anodinamente proclamaba a los cuatro vientos su tragedia interior. ¿Cuanto hay de cierto en los cantos desesperados de aquellos que manifiestan su incompatibilidad con la vida?.


Pozo, 1999


Expresar en forma de arte, con propósito catártico, una tragedia interior, puede hacerlo sólo el artista que a través de la tragedia vivida ya andaba tendiendo sutilmente sus hilos constructivos, ya desarrollaba una incubación creadora. No existe la tempestad sufrida locamente y luego la liberación a través de la obra, so pena de suicidio. Tan verdad es, que los artistas que verdaderamente han matado por sus casos trágicos son de ordinario cantores ligeros, diletantes de sensaciones, que a nada aludieron en sus cancioneros del profundo cáncer que los devoraba. De lo que se aprende que el único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él 6.


El que ha de contar la experiencia abismal revelando lo que ha visto, ha de pagar el precio de vivir por siempre en el bosque de la noche 7, de contemplar el mundo con los ojos rojos, con la mirada transfigurada para siempre. Deleuze, manifiesta que la obra de arte es dar un salto liberador hacia lo infinito, alterando cualquier orden, y el artista, en esencia, es aquel que, eludiendo el peligro de morir, logra superar la prueba de entrar en el caos y salir de él con los ojos enrojecidos.

Hasta aquí nuestra mirada más descarnada. ¿A qué conclusiones podemos llegar tras nuestro recorrido?. Desde una óptica positiva, nuestro texto pretende arrojar luz sobre el abismo y abrir una vez más la caja de Pandora, para liberar a la esperanza rezagada. Lo que proponemos es llegar a compartir una actitud vital, que cuestione todo aquello que hasta ahora hemos guardado en el cajón de la normalidad. Busquemos un Aleph nuevo cada día, diseccionemos las pieles del mundo abandonándonos a nuestros sentidos. Atrevámonos a mirar con ojos nuevos; porque desde esa mirada abismada, propia de un juego de apariencias, lograremos hacer activa la profundidad del sótano, soñando en la claridad del día la embriaguez de la noche.

Texto publicado en el cátalogo de la exposición Sentidos del mirar, realizada en la Galería Bacelos de Vigo entre los días 12 de enero y 2 de febrero del año 2001.

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LA MIRADA ABISMAL
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